50.- Una de huevos


¡Qué gustazo! Pienso mientras abro la ventana y entra un torrente de aire a mi casa cerrando puertas y ventanas a portazos. Me asomo por la ventana para escuchar mejor los truenos y ver los rayos iluminar todo el cielo. ¡Bendito nubarrón! Este huracán me despeina y me pone toda la piel de gallina.  ¡Qué alegría! ¡Han bajado las jodidas temperaturas! ¡Por fin llega el otoño!

El otoño, mi estación preferida, que llega para salvarme de la agonía del verano, de los calores insoportables a las tres de la tarde cuando salgo del curro, de las noches sin dormir dando vueltas en las sábanas pegajosas, de los madrugones horribles tras noches interminables con los niños inagotables. Bueno, he de reconocer que algo que me encanta del verano son esas mismas noches porque casi siempre van acompañadas por buena compañía y algún que otro mojito.

Por donde iba... Ah, si... Por fin llega el otoño para poner orden en mi vida, meter a mi familia en la rutina y terminar con los excesos que nos tenemos estos días de sofocos. Porque el verano es eso, pura anarquía; no hay horarios, los niños se despiertan al medio día, se acuestan a las tantas, muchos días no como, me echo siestas eternas, luego salimos de tapas, comemos fritangas y todo tipo de guarrerías varias y nos ponemos morados de granizados, helados, mojitos, cubatas… 
Vamos, que una vez más, este verano en lugar de adelgazar con ensaladitas (porque en verano apetece) me pongo morada de oreja, bravas, alioli, y mil manjares repletos de grasa y colesterol, 
bien regados por alcohol. Y ahora me toca pagar mis excesos...

Qué maravilla el olor a lluvia, esta es la primera lluvia del otoño. El viento me envuelve y me tengo que poner una chaqueta. Ojalá el otoño en Madrid durará algo y pudiera disfrutarlo un poquito, porque pasa tan rápido. Aquí pasamos del calor horrible al frio profundo y mis chaquetitas se quedan muertas de asco en el armario, con lo monas que son…

Cuando iba al instituto prefería el verano, porque tenía tres larguísimos meses de vacaciones que repartía entre ir al pueblo, a la playa y disfrutar con los amigos en mi barrio yendo a alguna acampada que otra. Entonces pasé a la universidad y los veranos ya no me gustaban tanto porque siempre tenía que estudiar alguna asignatura que suspendía. Fue en esos años cuando empecé a apreciar el Otoño; el periodo entre los exámenes de septiembre y los remordimientos en Diciembre por los de Enero. Otoño pasó a ser un tiempo de reencuentros con los amigos, la vuelta a las fiestas universitarias, las mañanas de pellas en la cafetería jugando al mus, las salidas al cine y el teatro: La vuelta a la vida de la ciudad.

Años después el otoño continúa siendo mi estación preferida pienso mientras veo la lluvia caer a mares por la ventana.

-Mama, tengo hambre
-¿Nos vas a hacer la tortilla de patata?
-¡Ostras! No tengo huevos. La dejamos para otro día, ¿vale?

-Lo prometiste, lo prometiste…

Bueno, no pasa nada,  la verdad es que estoy deseando darme un paseo bajo la lluvia, sentir por fin el frio en todo mi cuerpo, que el viento se lleve muy lejos los agobios del calor.

 -¡Venga chicos! ¿Quién se anima a salir bajo la lluvia? Vamos a por huevos.
-Siii, siii

Así que ni corta ni perezosa busco los cortavientos, me planto el mío sobre el vestido de verano y las chanclas. Les pongo otros a los niños y salimos bajo la lluvia a por los huevos, divertidos, porque esto parece una estupenda travesura.

Está cayendo una de las gordas, diluviando, con truenos y rayos, ya se han hecho riadas por la calle, y aquí estamos nosotros enfrentándonos a la naturaleza aunque solo sea para comprar unos ridiculos huevos.  En la tienda me doy cuenta de que me falta alguna cosilla más, así que al final cargo con los huevos, leche, pan, patatas, pipas tijuanas y suavizante para ropa.  No sé si al final esto ha sido una buena idea... Ahora sí que llueve muchísimo, el viento nos zarandea, no veo nada y meto los pies en un charco, estoy calada hasta los huesos. Menos mal que los niños parecen felices.  Yo sin embargo me empiezo a sentir como una mula de carga escaldada.   Con lo bien que se estaba viendo la lluvia desde la ventana.

De pronto descubro que las chanclas no es el calzado más apropiado para una acera mojada. Me resbalo y me pego un tremendo culetazo. Quedo despatarrada en el suelo con mis bolsas esparcidas por todo el suelo. ¡Joder! ¡Se me han roto los dichosos huevos!

-Mama, mama. ¿Estás bien?
-Sí, creo que sí. Han sido estas alpargatas que no tienen suela, están mojadas  y resbalan…
-Mama, mama. Esto ha sido buenísimo. ¡Vaya torta!
-¡Ala mama! ¡Se ha roto los huevos!
-Pues si chicos, me temo que hoy ya he hecho una tortilla, pero remojada.

Y nos morimos de la risa.

Si te gusta publicame.

49.- noche de calor


Abro la ventana en par en par, subo la persiana al máximo, echo la cortina a un lado, pero ni así  corre  una gota de aire. Consulto mi móvil:  00:23, 36ºC, 0%humedad, viento 0Km/h, parcialmente nublado. Pues yo no veo ninguna nube en esta noche sofocante. Solo siento un calor sofocante que me quema la garganta al respirar, siento el quemazón seco e intenso en mi piel de la noche madrileña de Agosto. Con tanto calor, no logro dormir, he dado mil vueltas en la cama y me arde el cuerpo. Me vienen las preocupaciones a la mente y se me hacen un mundo. Por la noche siempre los problemas son más grandes, más horribles e insalvables. Luego llega el día y con la luz del sol descubres que no era para tanto aquello que no te ha dejado pegar ojo. De noche, con el corazón cansado, la incertidumbre en el trabajo se hace insufrible. Decido apartarlo de mis pensamientos, mañana será otro día...

 Yo siempre me duermo a los cinco minutos de meterme en la cama y de un tirón. Soy la envidia de todos por mi capacidad de quedarme frita antes de que mi cabeza toque la almohada. Lo malo es que si no duermo siete horas no soy persona, y preferiría no gastar tantas horas de mi día soñando. Yo envidio a los que con tres o cuatro pueden seguir viviendo.  Hoy que no me puedo dormir, ando por la casa como alma en pena. No se cómo comportarme, me pongo nerviosa y con tanto calor me agobio ¿Qué podría hacer? Podría ponerme a planchar, sería una locura con este  calor. Podría volverme a duchar, para qué, a los cinco minutos vuelve a arderme la piel. Podría ver una peli de esas de chicas en las que no paro de llorar, mejor no porque tengo los ojos cansados. Podría hacer gazpacho, pero qué pereza. Podría hacer el amor con mi  marido... Ufff... Me ha dado un dolor de cabeza repentino.. Así que me pongo a cotillear por las ventanas las vidas de mis vecinos.

Me encantan los edificios llenos de ventanas con luz. Esta noche mis vecinos tampoco pueden dormir, y mi urbanización tiene muchas ventanitas iluminadas. Esto parece un pueblo de esos navideños. Muchos de ellos tienen las cortinas abiertas y me invitan inpúdicamene a ver su parte privada, así que yo tan contenta me cuelo y fantaseo con sus vidas; Veo a la pareja recién casada que se dan besos en todas las habitaciones; que bueno el amor tan nuevo, tan joven, tan fresco, pienso. Veo a los papas novatos que intentan dormir a su bebe meciéndolo por toda la casa; A estos pobres aún les queda mucho trabajo por delante y bastantes cosas por aprender en mil noches como esta. También están los abueletes que ven la tele en sus sillones preferidos; Quisiera dentro de muchos años verme como ellos, viejecita y con mi compañero sentado a mi lado. Están esos que son como nsotros, una familia madura con muchos años en las espaldas, cada uno va por su lado; Él ve la tele en una habitación, ella en el dormitorio, un niño juega con la wii en una habitación, y el otro está pillado con el móvil. Cada un en un sitio distinto. Seguro que la madre para llamarles a cenar les manda un correo...  En ese otro piso está la familia numerosa, a pesar de ser tarde andan con lio, peleas, gritos y alborotos en cada habitación, no envidio nada a esa pobre madre. También están los del bajo que han montado una fiesta en su terraza, que pena no conocerlos, porque de mil amores me tomaba con ellos una copa.


No hay nada como tomarse una copa con los vecinos de la urba. Unos nos bajamos las botellas escondidas en las mochilas, otros los hielos en los cubos de la arena, aquel los basos de plastico en el neceser del bebe y en pis-pas nos montamos el botellón de los papis.  Solo hace falta que alguien diga, porqué no unas copitas? Y todos corremos a nuestras casas a rebuscar en el bar. Así que mientras los niños juegan al rescate nocturno de rigor, los padres aliviamos la dura rutina, la falta de horas de sueño y el cansancio del calor, entre hielos y copas.  Estás reuniones salen de lo más económico, gasto cero porque nos acabamos lo culillos de todas las botellas olvidadas de los bares de nuestros hogares. No le hacemos un feo a ninguna, que se acaba el ballantines, pues le damos al DYC.  Allí ce el orujo de la abula, y el brandy de la cesta de navidad. Todo sabe bueno aderezado con historias y anecdotas bien contadas y sobre todo muchas risas.




Ayyy, ya me encuentro mejor, se me fue el nubarrón que tenía en la cabeza, que gusto, corre una leve brisita que roza y alivia mi piel. Ummm, ya me entró el sueño, creo que me voy a dorm...