Sábado de rugby


No sé si sabéis que soy la señora esposa del entrenador de los benjamines del Club de Rugby Canoe, y también la madre de uno de los esforzados jugadores.
Pero a pesar de mi título conyugal y de la emoción que siento cuando mi hijo ensaya o placa, haciendo morder el suelo a su rival, no  he sido capaz de aprenderme las reglas del juego, ni apreciar completamente las sutilezas jugadas y mucho menos entender cuál es el motivo de que el señor arbitro pite la mayoría de las faltas.
Aunque por mi ignorancia y falta de talento para apreciar estas cosas y no ver la riqueza de los movimientos, la belleza de los placajes, la armonía de las aperturas por ala y las entradas por banda, la valentía y el coraje de los ruck, a pesar de todo disfruto en los partidos como una enana.

Para mi este deporte básicamente consiste en que uno coge el balón y debe pelear a muerte para llevarlo al otro lado y ensayar, tan sencillo y tan complicado como eso.  Y para conseguir esa acción tan simple de colocar la pelota tras la raya pintada en el campo contrario se pueden producir miles de jugadas que yo simplifico en las que logro captar que a continuación os explico.

Por ejemplo una de las jugadas que más me gusta es cuando uno de mi equipo consigue el balón y empieza a correr tal correcaminos esquivando a todos los que intentan detenerle, haciendo quiebros de cadera y saltos varios, entonces yo grito como una posesa, “corre, corre, correeee”, y disfruto muchisimo cuando el jugador es listo y logra esquivar a sus adversarios y tras un carrerón consigue el merecido ensayo. 
También está cuando placan los adversarios a uno de los nuestros  y con visión e inteligencia, mientras cae al suelo, consigue pasar el balón hacia su compañero. Me sorprende las veces en que les placan-pasan, placan-pasan, placan-pasan, es que me parece que se trata de una coreografía que han practicado con el equipo contrario de lo compenetrados que veo a estos niños.  Entonces en ese momento me vuelvo loca gritando “pasa, pasa, pasaaaa”.
También me parece increíble cuando a uno de mis niños, se le van colgando a sus piernas, cintura y brazos  los del otro equipo, pero no consiguen tirarlo al suelo, y sacando de ese cuerpecito un hombretón y una fuerza sobrenatural, va dando pasos ostinados hacia el ensayo arrastrando una ristra de contrincantes sin soltar su preciado balón.
Me deja alucinada cuando son tirados al suelo y se agarran como una lapa al balón, y ni aunque les pisen, pataleen y machaquen sueltan su tesoro, entonces llegan los compañeros en su auxilio, entonces ahí me pierdo, porque de pronto sólo veo un amasijo de cabezas, brazos, piernas, botas, unos encima de otros, todos tirando, empujando, hasta que alguno se escapa triunfante con el balón.
No hay que olvidar la defensa, cuando el balón lo tiene el otro equipo y hay que cazarle, entonces grito “A por él , a por él, a por éeeeeel”, o “al suelo, al suelo, al suelooo”, y me impresiona el coraje con el que estos enanos se lanzan a placar cualquier cosa que lleve aferrado un balón, y no dejan ninguno de píe,  haciendo volar por los aires a sus enemigos protegiendo sus territorios como guerreros en campo de batalla.
Pero este sábado más que disfrutar, he sufrido pero que un montón. Nuestros benjamines se jugaron la copa de oro de Madrid, y los papas en las gradas casi la palmamos de los nervios que pasamos. 

Ahí estábamos las mamas en la parte de arriba, sincronizadas animando a nuestros chicos con un melodioso y agudo cual sopranos “caaanoooeeeeee….canoooeeeee”, y en las gradas de abajo el grupo de los padres con un grabe cantico como tenores “CAAANOOOOEEEE…CAAANOOOEEEE…”, todos entregados a la importante tarea de hacer llegar nuestro apoyo a nuestros muchachos.
Ahí estaba yo esperanzada por un lado,  pero sobre todo temiendo que un año más nuestros niños quedaran segundos y nos fuéramos otra vez entre lloros y enfados, con el amargo sabor de la decepción y derrota. Ahí andaba yo intentando enterarme del juego y esforzándome por ver las jugadas cuando los contrarios, industriales, nos ensayan. ¡Ay, madre! ¡Esto si lo he visto! Pues si que empezamos mal, ay mis chicos, pobrecines, espero que no se nos vengan abajo los pobres…
Pero no, estos niños son unos luchadores,  resulta que uno de los nuestros coge el balón y se pega una carrera que nos deja a todos los padres exhaustos, “Corre, corre, correeeee” gritamos la niña y yo, porque aunque la hermana se resistía a atender el partido porque la he traido a rastras a ver el rugby, esta jugada la ha enganchado y grita como una loca conmigo. ¡Madre mía!¡Ensayo! ¡Ensayo! ¡Qué alegría tenemos todos! Saltamos en la grada de felicidad.
Y continúa las jugadas, se me pone un agobio en el pecho cada vez que nos roban el balón, me late el corazón a mil cuando los míos se escapan, me falta el aliento, esto no es nada bueno,  de verdad que hoy me da aquí algo…

Los niños ensayan otras dos veces; ¡Alegría!¡Alegría!  Van tres a uno, ya podemos respirar, volvemos a los canticos sopranos “canoooeeeee…canooeeee….”, pero de pronto nos meten uno, ay, ay, que la liamos. ¡nooo!
Defender, defender, que no se escapen, pillarle, ay, que se va, pero como corre el jodio, al suelo, al suelo con él, a por ellos, a por el alto, y es que hay uno de rizos alto y espigado que es muy listo y siempre trata de escaparse por los recovecos, pero los nuestros luchan y luchan, placan y placan y no lo dejan pasar. ¡Muy bien, muy bien! ¡¡No los dejéis pasar!!

Jooolines, que angustia, que sufrimiento, pataleo en la grada, a mi hoy me da algo,  es que no puedo más, ay, ay, como nos alcancen, ay madre que casi somos campeones, que palpitaciones, aquí hoy yo la palmo…
Entonces termina el partido y no me lo creo, al final parece que si somos campeones. ¡Campeones de Madrid!

Lo que me encanta de todo esto es que a pesar de haberse matado en el campo los niños se respetan, los ganadores hacen pasillo a los vencidos y todos aplaudimos porque han jugado  lo mejor que han sabido, porque lo han dado todo, porque se han dejado la piel.  Felices y contentos vamos a zamparnos en el tercer tiempo las chuletas a las brasas que nos han preparado y las cervezas que nos están esperando.
De verdad que esto es lo que me ha enganchado del rugby;  el respeto, el equipo, las cosas se luchan y si se pierde es porque el otro equipo ha jugado mejor, simplemente, sin escusas, la próxima vez se jugará mejor y ahora nos vamos todos al tercer tiempo a festejar el partido con deportividad.

En fin, que como madre de jugador  y además mujer del emocionado entrenador, el pecho me estallaba de orgullo y felicidad, por ver a mi hombres campeones de Madrid.

Y para terminar: ¿Qué es el rugby? ¡¡Muerte y destrucción!!

Algo extraordinario


Un día más, las cinco y media, hora en la que tomo el metro de vuelta a casa, tras un día agotador de trabajo, en el que me he levantado antes de las siete,  día de reuniones donde me esfuerzo por entender lo que se cuenta, cumplir con lo que me exigen y ser tan inteligente como se piensan, y yo solo me siento inútil, cansada, perdida e incapaz una vez más. En el metro me siento terriblemente  hecha polvo y pienso en el día que he tenido y el que me espera: Recoger los niños, comprar lo que me falta para mañana, ayudar con los deberes, estudiarme el examen del niño para mañana, hacer la cena, preparar los uniformes, recoger la cocina…

No tengo fuerza hoy para todo eso…,  miro a la gente que se apretuja contra mí en el metro,  los mismos señores y señoras desconocidos de cada día, con sus caras cansadas y miradas perdidas en la gris rutina de Madrid, ¿Qué vidas tendrán? Ahí está la que lee un libro, el que cierra los ojos para descansar, las que se cuentan la vida a grito pelao, el que ronca a mi lado. Ellos siempre están para acompañarme cada uno de mis días de metro.  Me siento gris, y pienso que  lo que yo necesito para animarme es que me ocurra algo extraordinario, algo magnifico, algo sorprendente, algo de buena suerte. Esas cosas a veces ocurren, ¿no?

Algo así como que me caiga de pronto del cielo una manera de vivir sin luchar tanto, sin que me cueste, sin dejarme la piel a tiras para salir cada día adelante. Que ilusa que soy  pienso, mientras miro a las personas que me acompañan en el metro, tan cansadas y agotadas como yo... A ellos seguro que no les ha pasado nada extraordinario, no tienen pinta, me digo, eso de algo extraordinario solo ocurre en las películas. ¿A quién conoces tú que le toque un euromillón? ¿O qué de pronto le caiga una herencia milagrosa de un pariente lejano?

Continúo con mis pensamientos según pasan las estaciones ante mi y la gente baja y sube del metro, y me doy cuenta que estoy siendo injusta porque en realidad mi vida está llena de cosas extraordinarias,  por ejemplo,  haber nacido justo cuando y donde nací, eso sí que fue algo extraordinario. Nací justo en el lado bueno del mundo y justo cuando teníamos democracia en este país, y sobre todo en la maravillosa familia donde fui a parar: Eso sí que fue algo realmente extraordinario, me digo mientras observo una madre que les da la merienda a los niños en el metro. Mis padres me proporcionaron una infancia maravillosa, y construyeron la persona que soy dándome todo su cariño, siempre ha sido extraordinario sentirse arropada por mi familia, contar con ellos incondicionalmente.  Es realmente algo extraordinario.

Ya estoy en Batán y al abrirse las puertas entra el bochorno de la calle, es una tarde nublada y angustiosa, de esas que terminan en tormenta, y yo continúo pensando en las cosas extraordinarias que me han pasado y pienso en mi marido, eso sí que fue extraordinario, que un amigo nos presentara en un autobús a los quince, que siguiéramos viéndonos durante años y que finalmente fuéramos novios, luego nos casásemos y tras venticinco años aún sigamos enamorados y queriéndonos. Eso sí que es extraordinario me digo mientras observo una pareja comiéndose a besos en el fondo del vagón. Ya no hacemos esas cosas tan pasionales, pero si otras más entrañables, me sonrío.

Estoy en Aviación ya me queda poco para legar a mi destino, el vagón se vacía y yo continúo con mis pensamientos mientras sigo con la mirada un carrito con un bebe, que ríe, esta contento de su paseo en metro y me doy cuenta de que lo realmente extraordinario de mi vida son mis niños, un amor que jamás hubiera pensado que podía sentir, ellos que me obligan a vivir, a levantarme cada mañana, me exigen disfrutar del mundo, me enseñan a compartir y a ser generosa. Mis niños, que me proporcionan la felicidad solo con pararme, dejar de correr, respirar profundamente, vaciar la mente de preocupaciones y mirarlos atentamente.  Algo tan sencillo y difícil a la vez:  Solo con observarlos profundamente sin que ninguna tontería me afecte alcanzo eso que todos buscan con tanta desesperación, solo con mirarlos soy feliz.
He llegado a mi destino, salgo a la calle,  llueve y huele a primavera; Me siento profundamente dichosa. Eso sí que es realmente extraordinario, ¿no os parece?